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El caso del Pinot Gris es especial. Nunca fue fácil de encasillar. No es blanco del todo, tampoco tinto. Según cómo se lo trate, puede ser liviano y fresco o profundo y texturado. En Alsacia encontró su voz: vinos serios, con cuerpo, a veces un poco dulces, pensados para la mesa y no para la barra. En Italia se volvió Pinot Grigio y simplificó su mensaje: fresco, directo, sin vueltas. Y cuando alguien decide dejarlo macerar un poco con sus pieles (como este), aparece el color cobre, el volumen y tremendo carácter.